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Cosas comunes Por Enrique Monroy
La última noche que me encontré con los ojos de Tabita, nos miramos apenas, como el primer día en que la conocí. Crucé algunas palabras con ella y con Ismael. Fueron mientras Janeth y yo nos despedíamos de ellos. Durante el trayecto de regreso a casa, le comenté a Janeth –quien es una persona demasiado relajada cuando se habla de otras mujeres- que Tabita me parecía una mujer peculiar. Ella comprendió de inmediato a que me refería, sobre todo cuando utilizo la palabra peculiar en una mujer que me agrada. Janeth asintió y agregó que también le parecía inusual, que le conocía desde pequeña pero que no le conocía en absoluto. Después agregó que a pesar de todo, Tabita apareció de improviso en la vida de Ismael. Terminaron casándose, boda a la que fuimos invitados pero que solo Janeth asistió, porque soy un poco renuente a fiestas en donde la alegría se desborda a caudales. Esa debió ser la primera vez que debí haber visto a Tabita, pero no estoy seguro hasta que punto me hubiera atraído. El vestido seguro sería holgado por la cintura hasta rozar el suelo, traería un velo de mujer virgen que le taparía el rostro, y yo, me hubiera encontrado bailando de lo lindo con Janeth. No tendría caso haberle visto de esa manera, tan entregada y perdida. No ví más a Tabita sino hasta finales de diciembre. Una noche, me encontraba en el centro comprando regalos en la librería Ghandi, pensando en los asuntos de navidad, en las fiestas que tendría que sortear con mi familia nueva. Todas esas festividades que antes me había perdido por cuestiones de tradición familiar, ahora la tenía a manos llenas. Pensaba también que, por casualidad me encontraría con Tabita en alguna de esas fiestas, envuelta en colores rojos y verdes, con la nariz y los carrillos rojos por el frió. Justo después de cruzar Eje Central, caminé hacia el Sanborn’s de los azulejos para cubrirme de la lluvia tibia y tímida que comenzaba a caer. Sacudí mi chaqueta de tweed y caminé hasta los baños, para después pedir una mesa y sentarme a leer La Tempestad. Cuando alcé la mirada para llamar a la mesera, observé que a dos mesas se encontraba Tabita con un tipo al que no le puse atención. Nunca me han interesado los amantes de las mujeres, son más interesantes los amantes cuando son interpretados por ellas. Un café americano me acompaño mientras veía con atención el desarrollo de la velada que Tabita tenía. Por primera vez la ví sonreír con tanta elocuencia, de una manera tan natural. Llevaba un abrigo de lana gris y una blusa color crema muy linda que tenía los primeros cuatro botones desabrochados. El cabello lo llevaba sostenido a media cola. Algunas hebras caían con gracia en su espalda, pero se encontraban aliñadas de tal manera que pude ver sus orejas adornadas por dos zarcillos pequeños de color púrpura. Levanté un poco el cuello y noté que llevaba jeans y de inmediato me pregunté si serían del mismo estilo de aquellos que le he visto usar, de esos que no me dejan pensar en otra cosa sino en un cúmulo de posibilidades y esperanzas perdidas. Llamé a la mesera y pedí un segundo americano y un pastel de moka, que tanto me recordaba a Adriana. No sé por qué recordaba a Adriana en ese momento, pero recordé que debía hablarle después de haberme encontrado con ella, allá, por Indios Verdes. Juré marcarle un día. Aquella tarde me apuntó su número telefónico en un pedacito de papel muy mono, hasta dibujó un corazón con tinta rosa y me puso su nombre, Adriana, en letra cursiva muy legible y muy elegante. Recordé verla bajar del bus con esa expresión tan juvenil que siempre mantiene, sobre todo cuando coquetea sin cesar. Recordé también que me miró una última vez antes de bajar. Entonces, de pronto, me dio por llamarle. Tomé el móvil, y mientras a Tabita le acariciaban por el cuello y las manos, marqué el número de Adriana. Me contestó una risa traviesa. Era ella. Le pregunté como estaba y me respondió con magnifico ánimo que se encontraba de lo mejor. Esa es la ventaja de ser adolescente, que uno siempre esta de ánimo hasta para responder el teléfono. Se encontraba con alguien más, pero me importo un comino. Siempre me ha gustado de una mujer esa libertad con la que se desenvuelven cuando están con los hombres. Es tan natural. Esa misma actitud con la que Tabita se desenvolvía aquella noche. No recuerdo cuanto hablé con Adriana, ni que cosas le dije, creo que la llamada fue corta, solo para quedar de vernos la noche del viernes. Lo confirmó con una risa apenas perceptible, con un silencio corto, marcado. Un silencio en medio de toda aquella algarabía. Un silencio que me supo a entrega. Por primera vez le puse atención. Solo repetía con seriedad que le llamara antes de pasar a su casa. La imaginé pasándose el pelo detrás de la oreja, alejándose de los demás, regalándome un momento de sobriedad. Su voz mutó, de juvenil, al de una mujer madura. Tuve que cortar la llamada porque Tabita pedía la cuenta. Comí deprisa los dos pedazos de pastel que faltaban y llamé a la mesera para pedir la mía. Los seguí hasta la entrada. La lluvia continuaba, lenta, apenas vigente. Aquel individuo alto y con aspecto severo abrazó a Tabita, y después de mirar el cielo oscuro y cerrado por un momento, salieron y caminaron hacia Donceles. Cerré mi abrigo. Tabita se recargó en el hombro de su amante y reían como viejos conocidos. De vez en cuando, Tabita le daba manazos al hombre y reía con él. Trataba de imaginar lo que se decían, pero me resultaba imposible. Pensé de inmediato en las cosas que le decía a Erika cuando la tenía a mi lado, y conjeturé que así se hablaban todos los amantes. Pero en realidad, no estaba seguro. No estaba seguro de hablarle a Adriana de la misma manera. Es por eso que solo me dediqué a mirarlos para dejar de imaginar. Entraron a un hotel. Dude en seguirlos, pero mi curiosidad pudo más, así que esperé un momento, me dirigí a la administración y pedí una habitación. Miré al empleado y le comenté que deseaba un cuarto a un lado de la pareja que acaba de entrar. Dijo de inmediato que no se podía, políticas del hotel, agregó. Le enseñe un billete de doscientos y con una expresión de fingida molestia, me dio una llave y me dijo que no hiciera desmadres. Asenté. Comencé a pensar y también comencé a tratar de no hacerlo. Algo me decía que me fuera a casa, pero pensé que si Tabita estaba en ese lugar, entonces debía quedarme y conocerle más. Busqué mi habitación por cada uno de aquellos pasillos lúgubres. Al encontrarla, abrí la puerta de madera vieja y encendí la luz verdosa de la habitación. El aroma a cloro del baño llamó mi atención, y el de cigarro me hizo buscar entre mi abrigo mi cajetilla de ovalados. Cuando era chico me enseñe a fumar ovalados por mi abuelo. Me encantaba cuando sacaba uno del interior de su abrigo y lo prendía con un movimiento rápido, el cual nunca aprendí. Mi abuelo era muy pachuco, es por eso que me encantan los pantalones y los abrigos de lana. Coloqué mi ropa sobre un mediocre tocador y me quité de inmediato los zapatos. Es una costumbre que tengo siempre que llego a casa. Me desabotoné la camisa y arremangué los puños. En silencio y con la penumbra a mi alrededor, me concentré para escuchar en que habitación se encontraba Tabita. Me dirigí a la ventana y abrí las cortinas. No tarde mucho para suponer que la habitación de aquellos dos amantes perfectos, se encontraba frente a la mía. Apagué la luz y me dediqué a observarlos. Tabita caminaba por la habitación mirándola mientras se quitaba los aretes. Fue al baño y salio casi de inmediato, colocó sus pertenencias en el closet y se dirigió al tocador. Se miraba al espejo mientras el amante la observaba por detrás, sentado, con sus manos recargadas sobre la cama. La veía mientras se soltaba el cabello largo y desenganchaba los botones restantes de su blusa. Entonces el hombre fue hasta ella y la tomo por la cintura, besándole el cuello y diciéndole cosas que todos tal vez le diríamos. Que estábamos ahí para ella, que deseábamos robarle cada bocanada de aliento que emanara de sus labios suaves y pequeños; que podríamos seguirle hasta el fin de la tierra; que podríamos amarle hasta que nuestro ultima respiración nos mantuviera con los ánimos suficientes para decirle que la amamos. Le diríamos eso y más. Después, solo nos dedicaríamos a tenerla sobre nosotros o debajo, mirándole despierta y dormida. Horas después me encontraba sentado en el piso, sobre la alfombra violeta, sucia y quemada por cenizas de docenas de cigarros. Mi espalda y mi cabeza se encontraban contra la pared. Habían apagado las luces y cerrado un poco las cortinas. Ahora solo podía escucharla expresándose en un lenguaje universal. Podía percibir cada sonido que generaban sus cuerpos al chocar, cada conversación entrecortada que tenían, cada que, Tabita se hacia más desconocida para mí. Tomé el teléfono y marqué a recepción. Le dije al encargado que me consiguiera a una chica. Una mujer joven, de buen ver, agregué. Después de diez minutos, un par de golpecitos sonaron en la puerta. Abrí y me encontré a una mujer joven, cansada y fumando un cigarrillo Marlboro. Hola güero, me dijo mirándome punzante. ¿Me llamaste?, dijo recargando su mano izquierda sobre el marco de la puerta. La miré con detenimiento. Llevaba un vestido rojo corto satinado, ajustado sobre su cuerpo y sus cabellos parecían de oro. Le dije que pasara adentro y se pusiera cómoda. Se recargó sobre el tocador y me preguntó si no deseaba prender la luz. Le dije que me gustaba hacerlo a oscuras; pero no era cierto, era que no deseaba verle a la cara, sino más bien era para colocarle mascaras y sentir su piel desgastada. Después de besarla durante largo tiempo, subirle el vestido hasta la cintura y sentir su piel imperfecta. Su voz se hizo melosa y me dijo cosas que no pensé una mujer como ella diría, cosas que escucho seguido en amigas, en mujeres tan tiernas como Janeth. Yo no le hice mucho caso, solo le seguí besando hasta que bajé mi bragueta y la senté en el tocador con las piernas abiertas. La miré al tiempo en que sus ojos se cerraban lento y pasaba sus manos por mi cuello. Le dije que abriera sus ojos mientras al otro lado de la habitación aún podía escuchar la respiración lenta de Tabita, el cuerpo de su amante colisionando con su abdomen. -¿Puedo llamarte Tabita? -Puedes llamarme como quieras.
2009 |
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© 2009 Enrique Monroy |
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