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Fátima Por Enrique Monroy
A mi hija
El dolor me atormenta cuando te observo en imágenes precarias; y recuerdo lo que fui cuando me enteré de mi delirio. Tú. Ahora, que estas lejos de mí (ajena siempre a mí), me aturde el recuerdo de tu presencia desconocida. Una presencia sin voz ni cuerpo, amarga y decadente. Eres. Mi devoción, en los momentos en que mi mano cae, en que mi mente calla, y mis labios no pueden emitir palabra alguna, (ni siquiera tu nombre); sin embargo te recuerdo... Perpetua y cálida como un caudal. Tan conocida por las noches, cuando mis deseos se hacen realidad, y mi amargura cede al verte bailar en mi memoria. Querida tristeza, inseparable y cómplice de mis temores, que me haces padecer este convenio. Exclámale en silencio y dile en donde aguardo su llegada para morir en su regazo.
2007 |
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© 2007 Enrique Monroy |
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