Todos son gente normal

Por Enrique Monroy

 

 

A Inball Miller,

por darme a Heidi.

 

 

La primera vez que crucé miradas con Heidi fue en un momento equivocado, fortuito, efímero, pero de espacio suficiente para no perdernos el rastro durante toda la fiesta. Fue una noche de noviembre, en el cumpleaños de Fernanda Salazar. Nos mirábamos con intensidad, con todas las atenuantes de dos enamorados que se equivocaron de espacio y de tiempo, de dos individuos que detestaban el aquí y el ahora; de dos personas que lo intentan todo. Durante la velada descubrimos que nos adorábamos con premura, que agotamos nuestras fuerzas para dejar que el futuro nos alcanzara. Ella, con esos ojitos bañados de mineral y esas pestañas largas y curvas, simulaba conversar mientras de soslayo, custodiaba mi presencia en todo momento. Sonreía apenas, con sus labios tersos jugueteaba besando el popote, haciendo pucheros o gestos de alegría que representaba en cada momento que me encontraba mirándola. Ella lo sabía, y no dejaba de regalarme diversas impresiones de sus movimientos a cada hora y en cada momento.

            Era de madrugada. Heidi lucía cómoda sentada en un sofá, tenía las piernas cruzadas, fumaba un cigarrillo con elegancia, alzando un poco la cabeza y ladeando su boca cada que sacaba el humo, para entonces su mirada había mutado y ahora sus atisbos eran decididos, fijos, estables. Fui hasta la cocina por hielo. El ambiente tenía un aroma a cansancio, a tabaco y a alcohol. Los rastros de batalla que yacían en aquella habitación lúgubre eran el escenario perfecto para un final a la medida de seres como nosotros, esos que aguardan el final de jornada para dejar todo en suspenso. Entonces ella entro pretextando que necesitaba un vaso. Buscó entre las gavetas. Pasaba su mirada como una barredora que analiza todo, hasta que sus perlas me miraron con atención. Hubo un silencio. Heidi abrió un poco sus labios y con ello me dijo infinidad de cosas. La toqué con lentitud por la cintura y la acerqué hacia mí. Entonces la besé y mi vida cambió. Sus manos no tenían fuerza, mientras su talle estaba dispuesto, entregado. Solo movía sus labios contra mi lengua, en un instinto por hacerme saber que nuestro destino estaba asegurado. Su aliento se encontraba desgastado, el sabor a humo recorría cada una de las partes de mi boca y el sabor entre agotamiento y disfrute me hizo descubrir la belleza de un momento. Cuando se alejó, una sonrisa inquieta iluminó su expresión calma. Sus cabellos dorados resplandecieron en plena noche, y una luz verde, tenue y continua, alumbró sus ojos para no perder detalle de cada gesto que ventilaba su estado emocional. Descubrí que estar con ella era morir de inmediato, sentir que una parte del cuerpo se va, que el viento es agua y el aire ahoga lento. Estar con ella es sentirse vació. Es ser nada y haber desaparecido en un tiempo corto, casi fugaz.

            Nos abrazamos durante el resto de la fiesta en silencio. Manteníamos la atención de los demás porque Heidi mi abrazaba con fuerza, recargaba su cabeza en mi regazo y me hablaba mirándome con esa expresión dulce, casi inédita. Ellos nos analizaban con simulo, conversaban intentando no prestarnos atención, porque estar con Heidi significaba que el cielo había cedido. Durante el tiempo que estuvimos de esa manera, actuamos como si nos conociéramos de tiempo atrás, pero era imposible, porque nunca le hubiera permitido irse de mi lado. Esa noche se despidió de mí diciéndome sentencias que no deseo recordar, ver marchar a Heidi es observar partir a un ejercito victorioso. Miró su reloj y el albo le anunció que debía marcharse. Antes de cruzar la puerta me miró una última vez y me dijo muchas cosas olvidables. No recuerdo una sola frase de aquella despedida, solo recuerdo su carita perderse entre la luz.

 

 

En el verano, la casa de campo de Roberto nos sirvió de refugio. Era una estancia grande, lo suficiente para albergar a todos los amigos. Tenía una vista preciosa hacia el mar azul y espumoso, desde donde se veían grandes olas terminar con su vida al encontrarse con los acantilados. El sol tostaba la piel, pero en ocasiones, el viento del norte golpeaba duro, y todas las chicas preferían cubrirse el torso con alguna blusa de mangas largas o una sudadera delgada, pero dejando sus piernas al aire libre, tratando de sentir un poco la brisa del atlántico. Heidi llevaba un bañador turquesa, con pendientes de jade que contrastaban con sus nítidos ojos hechos de agua y su cabello quebrado, muy radiante. Aquel día nos hablamos como cómplices, y por primera vez, lejos del alcohol y el tabaco, parecíamos una pareja. Se dirigía a mí como una mujer formada, con esa voz desconocida, muy afanosa y con una sonrisa que delataba jubilo. Corría por la playa con su melena de oro y una risa juguetona, mientras yo, la perseguía como siempre lo he hecho. Se tiraba, se revolcaba en la arena de cristal, se quedaba seria, cerraba sus befos y fruncía un poco el ceño tratando de comprender en lo que estaba envuelta.

            -No te quisiera lastimar, pero… ¿estas seguro de lo que haces?

            -¿Hacer que? – pregunté.

            -Esto, de revolcarme en la arena, de ver mi bañador, de besarme… de todo eso. Es que pienso todo va mal – dijo haciendo pucheros.

            -Oh…

            -Bésame esta tarde, en la noche ya veremos que nos sucede.

            La besé sin chistar. Sentía como el agua rozaba nuestras piernas y su piel se frisaba por el frió. Me pidió que la abrazara y no tuve más remedio que entregarme a ella. En sus labios ya no se notaba cansancio, aquel aroma a destilación, el humo del tabaco en cada resquicio de su boca, ni mucho menos la avidez por explorarlo todo, sino una tranquilidad natural. Nos apartamos y nos reímos de nosotros. El cielo se volvió gris, y en el horizonte, las nubes se cerraban en torno a luces furiosas de tonos azules diversos que prendían y apagaban anunciando un temporal. Nos fuimos abrazados de la playa, intentando dejar pasar el tiempo.

            Por la noche, el fuego que habíamos provocado con una docena de trozos de madera iluminaba con discreción la arena fina y blanca de la playa. Las sombras de los bordes de los cúmulos de sílice que formaban nuestras huellas, formaban un microcosmos de dunas sin límite. Poco a poco la luz fue extendiendo su territorio hasta darnos el calor suficiente para sortear el mal tiempo, que si bien, había pasado, el soplo del norte no dejaba de sacudir nuestra piel hasta encresparla y provocar con ello, que todos juntáramos nuestros hombros para realizar un circulo que nos protegía del sereno. Entre las negruras estaban nuestras siluetas, las de Heidi y la mía, juntas, demasiado para dos inexpertos en relaciones tempestivas. Mientras, Rodrigo nos contaba la historia de su boda fallida, Fernanda reía por las muecas que hacia al contarla, Verónica y Alejandro solo sonreían al instante en que –como siempre-, se miraban y se daban arrumacos de dos expertos sentimentales. Entonces miré a Heidi y encontré que sus ojos se encontraban perdidos entre la oscuridad, los diminutos puntos cristalinos de polvo y el aura del fuego que ascendía hasta perderse entre la nada. Lucia y Santiago no dejaban de mirarnos a todos, compartiendo sus emociones con vistazos y gestos de alegría. Poco a poco, cada pareja se fue retirando hasta que Heidi y yo quedamos entre el basto silencio y el claro de luna que reflejaba su caridad entre las olas del mar calmo y expectante. Las estrellas se veían tan nítidas y el cielo, de un azul encendido, parecía custodiarnos bañando el territorio en donde nos encontrábamos sentados. Esa noche Heidi se recargo en mis pies, se soltó el cabello y me miró por última vez con intensidad, cerró sus ojos y me llevó hasta sus labios resecos. Me recosté a su lado. Toqué su vientre y su contorno que parecía caerse en pedazos, acaricié su pecho y contemple su rostro. La besé de nuevo, pero esta vez para no separarnos hasta unirnos por completo. Ella se quejaba, abría su boca un poco, la volvía a cerrar y se agitaba mientras el cuerpo del fuego iluminaba cada línea que su piel dibujaba. Esa noche también nos miramos y nos reímos como dos compañeros de ruta. Como dos extraños que prefieren mantenerse a raya. Uno del otro.

 

 

Había llegado el otoño. Las llamadas cortas por teléfono eran constantes. Aquella imagen de Heidi en bañador había desaparecido. Ahora era común verle en algún café de la Roma, fumando cigarrillos caros y luciendo abrigos de lana, con botas de tacones altos y pantalones de mezclilla. Cuando llegábamos a encontrarnos nos mirábamos con discreción, apenas de reojo, sonriendo con la cabeza gacha, recordando en silencio. Necesitábamos espacios cerrados, llenos de nostalgia para poder encontrarnos y de esa manera volver a besarnos, ya no como antes, sino para mantener una representación decadente de lo que había sido un romance furioso, lleno de acertijos y adivinanzas que resolvíamos cada que nuestros cuerpos se mantenían juntos, aunque fuera en espacios lejanos. Su mirada se perdía entre vistazos cortos y caricias espontáneas. Ya la yema de sus dedos recorría pocas veces la palma de mi mano. Sus dedos, tímidos, exploraban con desgano mi cabello, y su forma de analizarme por debajo contenía miradas de anhelo, de duelo. Así pasamos todo octubre, entre visitas esporádicas y encuentros que intentaban cubrir la soledad de nuestros recuerdos.

            Los últimos encuentros fueron casi imprevistos. Entré a una librería de la Roma un día gris de diciembre. El cielo se había partido en pedazos y la lluvia caía sin fuerza. El poniente era frió, y las hojas muertas, danzaban sin parar por las calles mojadas mientras las copas de los árboles comenzaban a perder pelo. Una campanilla sonó al mismo tiempo en que Heidi entró vistiendo una chaqueta de tweed en gris y negro y jeans desgastados. Llevaba el cabello suelto, y la expresión de su rostro era calma. Miraba hacia atrás analizando el clima que azotaba a la ciudad. Preguntó por Tristessa de Jack Kerouac. La despachadora le pidió un momento para buscarlo. Mientras esperaba, la contemplé con quietud. Doblaba su pierna derecha dejando descansar su cuerpo. Veía el techo, los libreros de madera, sus anaqueles repletos de ediciones viejas, cerraba los ojos, aspiraba el aroma a buqué, y los volvía a abrir solo para buscar a la dependienta entre los pasillos solitarios. Cuando por fin llegó, Heidi abrió su cartera de piel púrpura y sacó un billete de quinientos pesos y pidió envolvieran el libro. Busqué entre los ejemplares y encontré el nombre de Kenzaburo Oé frente a mí. Tomé el ejemplar y salí en busca de Heidi. Ella, al escuchar mis pasos levantó la mirada y me observó con sorpresa.

            -¡Wow!, que milagro… tanto tiempo – dijo con seriedad.

            -Ya lo creo… es un gusto verte Heidi.

            -Este sitio es tan frió… me deprime estar en lugares así – dijo mirando a la muchacha que envolvía el libro con desenfado-. ¿Cómo es que no haz hecho nada de ruido?

            -Estaba mirando algunos libros y supongo quedé absorto entre las páginas.

            Miró mi mano que se encontraba recargada por un costado en el mostrador. Observó con detenimiento el libro que sostenía con mis dedos.

            -¡Hum!, Una cuestión personal… - dijo casi susurrando.

            -¿Lo es? – pregunté buscando sus ojos.

            -Siempre lo ha sido, querido… ¿no te haz dado cuenta de ello, o es que tengo que decírtelo en secreto?

            -Tal vez necesito saberlo de esa manera, casi en silencio.

            La muchacha, que tenía una maestría en envolver presentes, había terminado el trabajo. El libro ahora lucía un disfraz en tonos rojos y amarillos, con un gran moño crema en la parte superior derecha.

            -He intentando llamarte pero he tenido fortuna.

            -Es raro, he estado en mi departamento casi todo el tiempo.

            -¿Sigues escribiendo? – preguntó.

            Asenté.

            -Me refiero a que no he podido llamarte por falta de… tiempo, de valor supongo… a ese tipo de fortuna me refiero - continuó.

            -¿Cómo puede ser fortuna? – pregunté molesto mientras la dependienta me cobraba y colocaba mi libro en una bolsa pequeña.

            -¡Oh!, supongo es fortuna para ti, querido. Para ambos…

            -Para mí, fortuna es encontrarte esta tarde.

            Le dimos gracias a la muchacha y salimos del local. El temporal no amainaba, y sus gotas, lentas y torpes, poco a poco mojaban nuestras melenas. Heidi se pegó a mi hombro y me tomó de la mano.

            -La lluvia nos persigue siempre, ¿sabes? Lo he pensado cuando duermo, sueño que vamos en un gran barco y que una tormenta a lo lejos nos alcanza – decía mirando hacia la acera, donde los autos pasaban y dejaban marcas de espuma tras de si.

            Las manos de Heidi estaban frías. Intenté darle calor con las mías, pero las quitó con lentitud alegando no tener más tiempo.

            -¿Por qué no vas esta noche a la fiesta de graduación?, sería un placer que nos acompañaras – dijo mientras caminaba de espaldas, como si se tratara de una despedida anunciada-. En verdad querido, me dio mucho gusto encontrarte, que fortuna volver a verte y a sentirte, aunque sea un poco – continuó hablando hasta que su voz se hizo más débil y tuvo que subir a su automóvil para despedirse sacando la mano por la ventanilla y decirme adiós con su mano pequeña, mojada por la tempestad.

 

 

Por la noche, recordé los días de buenaventura. Luces tenues golpeando mi rostro, miles de expresiones con sonrisas amplias, trajes elegantes rodeando las cabelleras multicolores de mujeres casi perfectas, de cutis como muñecas de porcelana china. Rostros de nostalgia por volver a verme, alegría momentánea, cartuchos gastados a mil por segundo para conseguir relacionarse con estrellas intermitentes. Saludé a personas que decían ser amigos míos en tiempo pasado, a compañeros con quienes nunca crucé palabra, e incluso a aquellos a los que nunca fui de su agrado. Pero todos parecían contentos de verme, de analizarme por última vez.

            Busqué a Heidi entre la multitud. Al centro de la pista de baile observé sus manos moverse. Lucía hermosa envuelta en seda, con sus hombros y cuello dispuestos, y su cabello de sol casi libre. Al verme sonrió. Me pidió esperar. No tuve más remedio que contemplar a la mujer más hermosa de esa y otras noches.

            -Que bien, haz venido, ¿cómo haz estado? – preguntó como si eso significara que mi soledad tuviera sentido.

            -Muy bien, ¿y tu?

            Hubo un silencio corto. Ambos sabíamos lo que nos decíamos todas las noches después de besarnos y mantenernos juntos. Tragó saliva y me pidió que fuéramos a un lugar más apartado. Caminamos hasta la biblioteca de aquel gran salón del siglo dieciocho. Los pasos de Heidi se escuchaban con gran eco por todo el pasillo, eran lentos, cadentes. Al entrar el silencio nos invadió. Nos analizamos un momento hasta que su voz rompió el encanto.

            -No pude tener a tu hijo – dijo encendiendo un cigarrillo, sosteniéndolo con elegancia con su mano derecha, que se encontraba cubierta hasta su bíceps por un guante de seda color cobre.

            Me miraba de soslayo, levantando un poco las cejas. Esa noche se veía más hermosa que cualquier día, y comprendí entonces mi eterna disposición por quedarme a su lado. Le pregunté el por qué, pero ella seguía fumando con ese aire de diva, de mujer entrañable, de ente sosegado, inalcanzable. De su boca parecía salir fuego y de sus ojos llanto. Lágrimas tímidas poco perceptibles. Su expresión era dura y mantenía la postura tras cada embate a su pitillo.

            -Sabes que mi religión no me lo permite, que mi familia no me lo aceptaría… que somos de mundos distintos y que navegamos en diferentes direcciones – dijo caminando por la habitación, mirando los libros sin interés, solo paseando aquel vestido fino con distinción.

            Se acercó a mí como en aquellas tardes cuando esperábamos a que todos nuestros amigos se marcharan para quedarnos un momento a solas, y decirnos infinidad de sentencias y frases tomadas de libros de quinta. Recargó su cuerpo contra el mío y pegó su pelvis de una manera tan halagadora que descubrí porque le amaba.

            Recuerdo haberme marchado sin decir palabra alguna. Imagino a Heidi con su traje delicado mirándome partir, con sus palabras a medias y con su mano levantada, tratando de alcanzarme.

            Aquella noche ví a Heidi bailar entre algodones y vientos que contenían caballos galopando entre las dunas. La ví sonreír y observé sus ojos verdes destellar como obsidianas en batalla, chocando y quebrándose por un camino sin limite. La ví perderse entre la multitud, mientras el color cobre de su vestido permanece en mi mente como un hecho ficticio.

           Esta noche la veo dibujada como cada mañana, con ese gesto tan amplio de alegría, mirándome con toda su atención posible, tratando de no perderme de vista. Aún puedo verla, pero detesto no sentirla. Y entonces tengo que regresar a la memoria para analizar aquella noche cuando sus guantes cubrían sus delicados brazos rubios. Sí, Heidi ha tenido hijos. Me lo ha dicho Fernanda por teléfono. Hemos colgado jurando vernos. Le he dicho que tal vez una tarde de octubre le invite un café y así recordar cuando pretendíamos ser diferentes.

 

             2008

         
                     
                     
         

< a literatura

 

© 2008 Enrique Monroy