|
De utopías y realidades Por Enrique Monroy
A mi generación.
Cierto día, conversando con el Maestro Alonso García Chávez, le hice una pregunta que tiempo atrás solía quitarme el sueño: ¿Por qué en México no se podía tener una nación consolidada? Su respuesta fue simple: para que un país pueda considerarse como una nación, su pueblo debe conocer su historia. Me quedé sin palabras. Lo que él me decía sabía era grave, pero sin duda, una realidad. Me pregunté de inmediato por qué las naciones occidentales, e incluso en los últimos años, las asiáticas, progresaban de manera fascinante. ¿Por qué el mexicano seguía esperando un cambio que en muchos casos, comienza desde el individuo? A diario se sueña con un México que salga de ese letargo que nos mantiene a la deriva de las grandes naciones, pero la realidad es que poco se hace para que eso suceda. El pueblo mexicano se ha enfrascado en el discurso político, esperando que por esta vía se solucionen los problemas de raíz que nos mantienen en una situación precaria a nivel cultural, cosa que, es principio fundamental en una nación consolidada. Lo que se necesita en México no son políticos, sino estadistas: hombres que vean más allá de lo que sus ojos pueden percibir. ¿Cuántas ocasiones no hemos escuchado la frase “México tiene una historia rica”?, y es verdad, nuestra historia es basta, pero, ¿quién en verdad se ha preocupado por estudiarla, fuera de los programas oficiales que autoriza el gobierno? El problema de raíz es grave. México no puede salir adelante mientras el grueso de la población sea ignorante. Me viene el recuerdo de la Compañía de Dios, quienes fueron expulsados de diversos países por diferentes razones, una de las cuales, porque se estaba educando a la gente de escasos recursos. Es bien sabido que en los países tercermundistas, una de las “principales características” es que el pueblo se mantenga a la deriva de la educación. Si tomamos un diccionario –cosa que también esta en desuso-, veremos que uno de los significados de tercermundista es el siguiente: “de calidad muy deficiente”. Hemos visto, no por estadísticas ni titulares de prensa, sino por propia experiencia, que nuestras instituciones carecen de la calidad adecuada para atender a la población. Los servicios impartidos por el gobierno son arcaicos. ¿De donde proviene toda esa ola de desasosiego educativo? Tal vez tengamos que traer a la memoria los sucesos que hemos vivido a lo largo de nuestro caminó escolar. Yo recuerdo, al menos, haciendo un balance riguroso, que en mi vida como estudiante de escuelas públicas tuve apenas a cinco profesores que aún recuerdo con cariño. Con esto me refiero a que solo cinco personas dejaron en mí, un legado que sigo anteponiendo en mi trabajo como profesional. No hablaré del caso de las escuelas privadas. Ahí, por principio tienes un motivo para alzar la voz si algo no te cae: que pagas una cuota pecuniaria cada mes. Regresando al caso de las instituciones educativas públicas, el estudiante ha perdido el delicado y hermoso arte de alzar la voz mediante la pluma. Hoy en día, se tiene la percepción de que tomando las calles o haciendo revueltas es la vía para cambiar la situación de un país o una institución. Me parece equivocado. El verdadero problema es que el alumnado carga –porque así lo decide- con las vicisitudes del magisterio actual. Esto es, que las formulas viejas de enseñanza no son renovadas por mentes juveniles con aspiraciones educativas de alta calidad. En el México de hoy, se piensa que para tener acceso a educación de alto nivel, la solución se encuentra en asistir a escuelas privadas de prestigio. Como misioneros. Aquel espíritu educador ha dejado de existir, como las mejores épocas de la historia del ser humano. El problema aquí, es que las generaciones nuevas no han retomado aquel espíritu. Toman el ejemplo de “profesores” mediocres que solo acuden a las escuelas para dar una clase de calidad detestable y para cobrar las horas que ocupan sentados perdiendo el tiempo, frente a generaciones de jóvenes ávidos por educarse, cuyo ejemplo que tienen frente a sus ojos, no es el correcto. Y así, esas actitudes pueriles quedan perpetradas por alumnos que ven en aquello, un medio para sobrevivir. Entonces, un círculo vicioso crece y se repite, y cuando se repiten los métodos de enseñanza en un país, la sociedad se estanca, y cuando esto sucede, todo lo que termina por estancarse, caduca y se pudre. En general, la sociedad mexicana esta inmersa en un mar de egoísmo. En donde el significado de palabras como: impartir, compartir, ética, compromiso, estudio, investigación, entre otras, son nulas en una sociedad cuyos estatus más rezagados, son obsoletos. Un país no puede funcionar de manera equilibrada, y por lo mismo, no puede salir avante, si la mayor parte de su población se esta quedando en el olvido, peor aún, en su olvido propio. Un país educado, pensante, y en constante movimiento cultural y educativo, genera sus propios medios laborales. En el presente, la gente esta acostumbrada a esperar. Mi madre me decía que nunca esperara de nadie. “Nunca esperes de nadie hijo, incluso ni de mí”, decía. En aquellos momentos, dicha frase me caló hondo. ¿Cómo no esperar algo del ser humano? ¿Es que carecemos de sentimiento? Pero mi madre tenía razón. Hemos esperando mucho tiempo, y la situación de un país tan rico en historia no ha cambiado mucho. Podremos culpar a mucha gente por ello, en espacial a los políticos, pero, ¿por qué esperar de gente que sabemos –porque ha sido una característica histórica en nuestro país- solo vela por sus intereses? No se debe esperar nada de nadie, ni siquiera de las instituciones educativas, o de los profesores, o de las instituciones altruistas. NO. Debemos esperar de nosotros mismos, cosa que nunca sucede. Es fácil hacer juicios a terceros, sin embargo, cuando se trata de realizar autocrítica, somos benévolos. Dejemos de ensalzar a héroes caídos, y comencemos a venerar aquellos que han tenido éxito en sus cometidos. Para que México progrese y salga de este lapso de estancamiento cultural, se debe tener un cambio de actitud. Individuo por individuo. Todos somos educadores. Debe haber un compromiso real con las actividades profesiones u oficios que se realizan. Debemos pensar que la educación es la que solucionará en un futuro los problemas que nos embargan, no el sistema político. Los problemas que nos atañen ahora, y que medran poco a poco a la sociedad en general, podrán ser resueltos cuando la educación domine el pensamiento mexicano. La solución, querido lector, esta en ti.
2007 |
||||||||||
|
© 2007 Enrique Monroy |
||||||||||